Partners13/03/2026

Cultivos más saludables, sin residuos y con mayor valor para toda la cadena alimentaria

La presión sobre la agricultura ya no llega solo desde el campo o desde la normativa. También viene, cada vez más, desde el lineal. Los supermercados quieren ofrecer frutas y hortalizas con “cero residuos” y necesitan que esa exigencia sea compatible con algo básico: que el productor pueda mantener la rentabilidad. En ese cruce entre mercado, técnica y manejo agronómico se sitúa Veganic Food Care, un proyecto impulsado por Veganic, empresa partner del COIAL que busca que los proveedores de la gran distribución puedan producir con menos residuos sin perder productividad.

La clave del proyecto está en que no nace de una intuición comercial aislada, sino de una demanda concreta del propio canal de venta. “Eran los propios supermercados los que se nos estaban acercando para que, en cierto modo, les ayudáramos con sus proveedores”, explica Germán Guillem, ingeniero agrónomo, Head of North America & Veganic Food Care Strategy y director del proyecto. A partir de ahí, la iniciativa tomó forma como una respuesta técnica a una necesidad muy precisa: ofrecer herramientas de manejo y protocolos capaces de cumplir estándares de residuos cada vez más restrictivos.

Cuando la exigencia del lineal obliga a innovar en campo

Lo relevante es que el problema no era únicamente legal. La gran distribución está pidiendo a sus proveedores condiciones más severas que las que exige la propia norma. “Muchas veces el supermercado te dice: la ley me permite tres materias activas, pero yo voy a exigir dos, o incluso una”, señala Guillem. Esa diferencia, que parece pequeña sobre el papel, obliga a rediseñar el manejo agronómico completo si se quiere mantener la sanidad del cultivo, asegurar la cosecha y llegar a la estantería con garantías.

Ahí es donde aparece la ingeniería agronómica como disciplina capaz de ordenar variables complejas y convertir una exigencia comercial en una solución viable. No se trata solo de sustituir una materia activa por otra, sino de replantear estrategias, secuencias de aplicación, momentos del ciclo, interacción entre nutrición, control biológico y estado del suelo. “Cuando hablamos de biocontrol no hablamos de cambiar un producto por otro, hablamos de estrategias”, resume Guillem. Y ese matiz es fundamental: el valor no está únicamente en el insumo, sino en el diseño técnico del protocolo.

Veganic Food Care se sitúa precisamente en ese terreno intermedio entre la agricultura ecológica estricta y la convencional. “Lo que aboga el proyecto es por una calidad comparable a la del ecológico en cuanto a residuos, pero con una cantidad y una operatividad próximas a la agricultura convencional”, apunta Guillem. Dicho de otro modo, el proyecto busca que el residuo cero deje de percibirse como una opción minoritaria o necesariamente más costosa y pueda convertirse en una posibilidad real para producciones destinadas al mercado de masas.

Un ensayo comparativo en invernadero para medir resultados reales

Para dar solidez al planteamiento, Veganic Food Care no se ha limitado a presentar una promesa. El equipo ha puesto en marcha ensayos comparativos en condiciones comerciales reales. El caso más reciente se ha desarrollado en una de las cooperativas más importantes de Almería, en un cultivo de pepino snack destinado al norte de Europa. “Le pedimos al agricultor que mantuviera su práctica habitual en 6.000 metros cuadrados de invernadero, mientras que en otros 6.000 aplicábamos nuestro protocolo”, explica Guillem.

La comparación no se planteó como una simple demostración comercial, sino como una evaluación técnica apoyada en indicadores objetivos. “Definimos hasta ocho KPIs para comparar una forma de trabajar y otra”, detalla el director del proyecto. Entre esos parámetros figuran el número de materias activas químicas de síntesis empleadas, la eficacia en el control de plagas y enfermedades, la severidad de los daños, la cosecha obtenida, el impacto sobre la microbiota del suelo, el porcentaje de sostenibilidad y, finalmente, el retorno económico.

Ese planteamiento vuelve a colocar la ingeniería en el centro. Lo que hace valioso el proyecto no es solo la intención de reducir residuos, sino la manera de verificarlo: con metodología, comparación, análisis externo y lectura integrada de resultados. “Queríamos una información no sesgada, independiente, que permitiera medir los beneficios reales”, apunta Guillem. En un contexto donde muchas veces se discute sobre sostenibilidad en términos genéricos, esa voluntad de cuantificar y protocolizar marca una diferencia importante.

Más rendimiento, sin encarecer el coste de producción

Uno de los aspectos más interesantes del ensayo es que desmonta una idea muy extendida: la de que producir con menos residuos implica necesariamente producir más caro. Germán Guillem lo deja claro. “Nuestros protocolos no incrementan el coste del agricultor a la hora de producir”. Es decir, el productor no necesita repercutir un mayor gasto al supermercado por el hecho de trabajar con este modelo.

Pero el proyecto va un paso más allá. No solo defiende que el coste no sube, sino que apunta a una mejora de la productividad. “Bien hecho, este tipo de protocolo tiene que reportar una mayor cosecha”, afirma Guillem. Aunque los datos finales del ensayo se estaban cerrando en el momento de la entrevista, el equipo ya manejaba una tendencia positiva muy clara en la parcela trabajada con el protocolo Veganic Food Care, con un incremento de producción suficientemente significativo como para reforzar el retorno de la inversión: sobre los 2.600 kilos por hectárea.

Ese dato es especialmente relevante porque conecta sostenibilidad y rentabilidad, dos conceptos que a menudo se presentan como si estuvieran en tensión. Aquí, sin embargo, aparecen alineados. “Lo importante es que no somos más caros y que el retorno del agricultor también se ve en los kilos”, resume Guillem. En otras palabras: el proyecto no pide al productor que asuma en solitario el coste de responder a las nuevas exigencias del mercado, sino que plantea un manejo que puede mejorar sus resultados.

Del producto al sistema: suelo, microbiota y decisión técnica

Otra de las aportaciones del proyecto es que no reduce el debate al control de residuos en la parte aérea del cultivo. Veganic Food Care incorpora también la regeneración del suelo como una variable estratégica. “Le damos mucha importancia a la regeneración de suelo, porque producir más o tener menos enfermedades no depende de un único factor; esto es multifactorial”, explica Guillem. Por eso uno de los indicadores incluidos en el ensayo mide el impacto del protocolo sobre la microbiota del suelo mediante análisis externalizados.

Ese enfoque sistémico vuelve a reflejar muy bien dónde interviene la ingeniería agronómica. El ingeniero agrónomo no trabaja solo sobre una plaga, una aplicación o una cosecha puntual, sino sobre un conjunto de relaciones: suelo, cultivo, clima, presión comercial, sanidad vegetal, logística y rentabilidad. “La estrategia es tan importante como el producto”, insiste Guillem. Esa frase resume bien el corazón técnico del proyecto y también la aportación profesional que hay detrás.

Porque, en efecto, no se trata de aplicar una receta cerrada. En ocasiones, incluso, el protocolo puede integrar en fases concretas algún producto químico si el criterio agronómico así lo aconseja, especialmente al inicio del ciclo. Lo decisivo es cómo se estructura el manejo para que, al acercarse la cosecha, el cultivo llegue con residuos químicos de síntesis cero en analítica y con un comportamiento agronómico sólido. Esa flexibilidad técnica, lejos de restar coherencia, demuestra que el objetivo del proyecto no es ideológico, sino funcional.

Una respuesta técnica a una demanda que ya está aquí

Veganic Food Care llega, además, en un momento en el que la distribución alimentaria busca diferenciarse también a través del discurso de la seguridad y la sostenibilidad. El miedo reputacional ante posibles incumplimientos o publicaciones negativas sobre residuos está endureciendo los estándares internos de muchas cadenas. “El supermercado no solo mira la ley; mira también la respuesta de sus consumidores y el riesgo reputacional”, apunta Guillem. Y eso explica por qué estos protocolos empiezan a ganar interés.

En ese escenario, el proyecto impulsado por este partner del COIAL abre una vía especialmente sugerente: la de construir un modelo agronómico que permita al supermercado vender mejor, al agricultor producir con rentabilidad y al consumidor acceder a frutas y hortalizas con un perfil de residuos mucho más limpio. No es un cambio menor. Supone demostrar que la innovación agronómica puede intervenir en toda la cadena de valor, desde el suelo hasta el lineal.