Partners07/05/2026

Cuando el agua condiciona el suelo: una historia de cuatro décadas de formulación contra la salinidad

La empresa valenciana Artal Smart Agriculturepartner del COIAL, desarrolló en los años ochenta el primer corrector salino formulado en España. Su trayectoria permite leer un problema creciente desde tres variables técnicas inseparables: agua, suelo y diseño de formulación. 

La salinidad empieza muchas veces antes de llegar al suelo. Está en el origen del agua de riego, en la conductividad eléctrica, en la presión sobre los acuíferos, en la proximidad al mar, en la calidad del recurso disponible y en la intensidad con la que se explotan determinados sistemas productivos. Cuando esa salinidad se acumula en el entorno radicular, el problema deja de ser una cuestión aislada de suelo y afecta a la absorción de nutrientes, a la estructura física del terreno, al funcionamiento de la raíz y a la capacidad productiva del cultivo.

Respuesta agronómica a partir de la interacción de distintos elementos

La trayectoria de ARTAL Smart Agriculture, empresa valenciana partner del COIAL, permite observar ese problema desde una perspectiva técnica más amplia. Su corrector salino es el producto más reconocible del caso, pero el interés de la historia está en cómo una empresa formuló una respuesta agronómica a partir de la interacción entre agua, suelo, materia orgánica, calcio, riego, suministro de materias primas y validación en campo.

ARTAL nació en Valencia como empresa familiar en 1895 y en los años setenta introdujo los fertilizantes líquidos en España. Aquel primer posicionamiento originó una transformación del manejo agrícola en el Levante español: la expansión de sistemas de riego que exigían productos más fáciles de aplicar, más integrables en la fertirrigación y mejor adaptados a explotaciones cada vez más tecnificadas.

La fertilización líquida no representaba únicamente un cambio de formato. Implicaba ajustar la nutrición vegetal a una infraestructura de riego, a unos tiempos de aplicación, a una distribución homogénea del producto y a una forma distinta de gestionar la relación entre agua, suelo y planta. Esa lectura operativa del sistema explica parte de la evolución posterior de la compañía.

A principios de los años ochenta, ARTAL situó la materia orgánica líquida en el centro de su trabajo técnico. A partir de esa línea, la empresa desarrolló una formulación que combinaba materia orgánica líquida y calcio complejado para intervenir sobre suelos afectados por acumulación de sales.

Pioneros en España con el corrector salino

“El primer corrector salino que se formuló en España lo hicimos nosotros”, afirma Juan Artal, general manager de la compañía.

La formulación mantiene desde entonces la misma base: un 30% de materia orgánica y un 7,5% de calcio, complejado al 100% con ácido lignosulfónico. En un mercado donde las soluciones se reformulan con frecuencia, la continuidad de esa composición durante cuatro décadas tiene una lectura técnica clara: la respuesta estaba bien ajustada al problema que pretendía resolver.

El porcentaje describe el producto. La ingeniería está en la relación entre sus componentes.

El calcio complejado actúa sobre los iones de sodio acumulados en el entorno de la raíz y contribuye a liberar el bloqueo que dificulta la absorción de nutrientes. La materia orgánica interviene sobre las propiedades físicas, químicas y biológicas del suelo: mejora la aireación, favorece la actividad microbiana y ayuda a reconstruir un entorno radicular más funcional. El ácido lignosulfónico cumple una función clave como agente complejante, aportando movilidad y estabilidad al calcio para su aplicación vía riego.

Ahí aparece una de las capas más interesantes del caso: la ingeniería de la formulación. Una solución de este tipo exige que la concentración de calcio, el agente complejante, la materia orgánica, la forma líquida, la compatibilidad con el riego y la respuesta en el suelo funcionen de manera coordinada. La eficacia no depende de un ingrediente aislado, sino del comportamiento del conjunto en condiciones reales de aplicación.

Esa lógica permite ampliar la lectura profesional de la pieza. Corregir la salinidad no consiste únicamente en aportar un producto al suelo. Exige entender qué agua se está utilizando, qué sales se acumulan, cómo se comporta el sodio, qué movilidad tiene el calcio, qué estructura presenta el terreno, qué capacidad de intercambio mantiene el suelo, cómo responde la raíz y qué margen operativo tiene el agricultor dentro de su sistema de riego.

Proveedores especializados y materia prima seleccionada

La cadena de suministro forma parte de esa misma arquitectura técnica. La materia orgánica utilizada por ARTAL procede de la corteza de coníferas de bosques sostenibles del norte de Europa, principalmente de países como Suecia y Noruega. Llega en formato líquido viscoso y destaca, según la compañía, por su riqueza en proteínas, lípidos y azúcares reductores, características relevantes dentro de la formulación. Cuenta con la certificación PEFC, que garantiza que los bosques y productos forestales se gestionan de manera sostenible, cumpliendo criterios ambientales, sociales y económicos. “La sostenibilidad es un tema central en nuestra filosofía; es así cómo entendemos la agricultura y el concepto Smart Agriculture: una agricultura segura, sostenible y altamente productiva”, explica Artal.

El dato importante no es ornamental. En una formulación que aspira a mantener su comportamiento durante años, la materia prima condiciona la regularidad del producto, la estabilidad del proceso y la continuidad del suministro. ARTAL trabaja desde hace décadas con proveedores especializados, y esa relación forma parte del capital técnico acumulado por la empresa. La innovación agronómica también depende de decisiones industriales: qué insumo se elige, con qué calidad llega, qué variabilidad presenta y cómo se integra en una formulación reproducible.

Primera parada, el sudeste español

Durante sus primeros años, el corrector salino encontró su mercado natural en el Levante español, especialmente en la franja que va desde el sur de Alicante hasta el norte de Almería, pasando por la Región de Murcia. Es una zona donde la salinidad responde a causas acumuladas: proximidad al mar, uso de acuíferos conectados con aguas profundas de alta concentración salina, presión sobre los recursos hídricos y empleo creciente de aguas con conductividades eléctricas elevadas.

Ese territorio explica el origen de la solución. La salinidad no era un concepto abstracto ni un problema de laboratorio. Aparecía en explotaciones intensivas, con cultivos de alto valor, suelos sometidos a una fuerte presión productiva y sistemas de riego en los que la calidad del agua condicionaba directamente la respuesta del cultivo. La formulación nació porque el problema tenía una expresión técnica concreta en campo.

Un problema presente en todo el mundo

La expansión internacional confirmó después que aquella dificultad local formaba parte de una dinámica mucho más amplia. Al viajar a otros mercados, ARTAL encontró diagnósticos similares en distintas regiones del mundo. En China, la salinidad afecta a zonas extensas de agricultura intensiva. En Perú, determinados sistemas productores de berries y uva de mesa trabajan en franjas costeras con altos niveles de sal. En países mediterráneos, en Oriente Medio y en otros territorios agrícolas, el patrón se repetía: recursos hídricos condicionados, acumulación de sales y necesidad de mantener productividad en cultivos exigentes.

“Pensábamos que ya lo teníamos más que amortizado”, reconoce Juan Artal. La frase resume bien el giro empresarial. Una solución formulada para responder a un problema muy presente en el sureste español terminó convirtiéndose en una referencia de exportación porque la salinidad se estaba manifestando, con matices locales, en muchos otros sistemas productivos. Según la compañía, el corrector salino sigue siendo hoy su producto más vendido medido en litros.

La razón de esa vigencia está en la persistencia del problema. La sobreexplotación de los mismos terrenos agrícolas año tras año, la escasez hídrica, los cambios en las fuentes de agua de riego, el uso de recursos de menor calidad agronómica y la presión productiva empujan en la misma dirección. La salinidad se acumula, limita la funcionalidad del suelo y obliga a intervenir de forma continuada.

Un problema recurrente

“La salinidad no se va nunca”, afirma Artal. Esa frase tiene fuerza porque describe una realidad técnica. En muchos contextos, la salinidad se gestiona más que se elimina. El objetivo es mantener el sistema productivo en condiciones funcionales: reducir bloqueos, mejorar el entorno radicular, sostener la disponibilidad de nutrientes y evitar que la acumulación de sales comprometa la viabilidad del cultivo.

El caso ARTAL tiene valor para la comunicación del COIAL precisamente por esa interrelación. Una empresa partner puede hablar de su solución, pero la pieza adquiere interés profesional cuando muestra qué sistema revela esa solución. En este caso, el sistema está formado por agua, suelo, raíz, formulación, riego, materia prima, territorio y mercado. Cada variable condiciona a las demás.

La ingeniería agronómica trabaja en ese punto de conexión. Diseña e interpreta soluciones para sistemas donde la materia viva responde a condiciones técnicas, hidráulicas, químicas, territoriales y económicas. En un suelo afectado por salinidad, una decisión sobre formulación está vinculada a la calidad del agua; una decisión sobre riego afecta al movimiento de sales; una decisión sobre materia orgánica condiciona la estructura del suelo; una decisión sobre suministro influye en la regularidad del producto; una decisión de manejo repercute en la productividad.

Los problemas agronómicos relevantes se resuelven integrando variables que rara vez funcionan por separado

ARTAL aparece en esta historia porque formuló una respuesta que ha mantenido vigencia durante cuatro décadas y porque su trayectoria permite seguir el recorrido de un problema desde el Levante español hasta mercados internacionales. Para el COIAL, el interés añadido está en lo que esa trayectoria muestra sobre la profesión: los problemas agronómicos relevantes se resuelven integrando variables que rara vez funcionan por separado.

La salinidad viaja con el agua, se expresa en el suelo y se mide en la respuesta de la planta. Gestionarla exige formulación, criterio técnico, lectura del territorio, control del sistema de aplicación y continuidad en la calidad de los insumos. Esa es la dimensión que convierte una historia empresarial en una historia de ingeniería agronómica aplicada: la capacidad de ordenar complejidad real para sostener sistemas productivos viables.