Partners09/07/2026

Cuando un camino se convierte en la primera línea contra el fuego

Julio ya deja incendios activos en varios puntos del país, y el verano apenas ha comenzado. En ese escenario hay una infraestructura que rara vez ocupa titulares pero que decide, literalmente, cuánto tarda en llegar la ayuda: el camino rural. De su estado dependen dos cosas que no admiten margen de error: que los vehículos contraincendios puedan transitar con garantías y que los vigilantes forestales lleguen a su puesto sin perder horas por el camino.

Detrás de cada kilómetro de camino hay una lectura del territorio que decide dónde se puede intervenir, con qué materiales y con qué calendario, sin perder de vista que ese mismo camino tendrá que soportar una emergencia el día menos pensado. Es, en el fondo, el mismo ejercicio que exige cualquier gestión rigurosa del medio rural: anticiparse al problema antes de que se convierta en catástrofe. Este verano, como todos, esa anticipación se medirá en minutos.

Miguel López-Bachiller, director de  Firmes Ecológicos Soltec, empresa especializada en la estabilización de caminos rurales y partner de COIAL, lleva casi tres décadas viendo de cerca esa ecuación entre ingeniería, terreno y tiempo. Cuando se le pregunta por la técnica que emplea su empresa, es el primero en quitarle el aura de novedad: “muy innovador no es, porque ya lo hacían los romanos”. Lo que ha cambiado, explica, no es el principio sino la escala.

El proceso empieza con un análisis del terreno para decidir si conviene estabilizar con cal o con cemento según el material existente. Después, la maquinaria mezcla el aditivo con la tierra, tritura la piedra hasta lograr una granulometría homogénea y compacta y nivela el resultado. La diferencia frente a un camino de tierra natural, resume, “es que al estabilizar el suelo dura más: no es eterno, pero dura mucho más”.

Invertir para facilitar la extinción

Esa durabilidad es precisamente lo que está en juego cuando llega el fuego. López-Bachiller lo explica sin rodeos: las administraciones no invierten en caminos pensando en el turista de fin de semana, sino en la maquinaria de extinción. “Ellos mantienen los caminos, no pensando en los turistas y el tío que va a coger setas, sino en las carrocetas que tienen que ir luego a apagar el incendio”, relata López-Bachiller sobre su larga experiencia trabajando para empresas públicas. Un camino intransitable no solo retrasa a un vehículo: puede significar la diferencia entre un conato controlado y un incendio que escapa a cualquier planificación.

El segundo efecto, menos visible pero igual de determinante, afecta a quienes vigilan el monte antes de que el fuego aparezca. López-Bachiller recuerda un caso en el Parque Natural de Cazorla en el que, tras estabilizar un tramo de diez kilómetros, el tiempo de acceso de los vigilantes a su puesto pasó de tres o cuatro horas a apenas veinte minutos. Es consciente de que se trata de un ejemplo extremo y pide no generalizarlo como norma, pero sostiene que el orden de magnitud sí es representativo: “el triple no es ninguna barbaridad”. Un camino descuidado puede llegar a multiplicar por tres el tiempo que separa a un vigilante de su puesto de observación.

Cuando el parque natural pone las normas

No todos los espacios permiten aplicar la técnica de la misma manera. En el Parque Natural de Cazorla está prohibido introducir materiales externos: ni tierra, ni zahorra, ni tampoco el cemento o la cal que Firmes Ecológicos Soltec utiliza habitualmente. La empresa ha tenido que adaptar su método: en lugar de añadir aditivos, tritura la roca ya existente en el propio camino y la redistribuye para eliminar baches y puntos altos.

López-Bachiller defiende que la etiqueta de “contaminante” que reciben esos aditivos en algunos entornos protegidos no responde a la realidad del material, ya que “una vez que se hidratan, y se mineralizan es una tierra exactamente igual que la que hay”. Con o sin cemento, el objetivo es el mismo: un camino transitable que no comprometa el entorno que se supone que debe proteger.

El camino no es un patio de recreo

Si la lluvia es el enemigo natural de cualquier camino rural, el otro gran problema tiene nombre y apellidos: el uso irresponsable. El director de Firmes Ecológicos Soltec distingue entre el desgaste inevitable del tránsito —las rodadas que deja un vehículo cuando el terreno está reblandecido por el agua tienden a quedar marcadas de forma permanente— y el deterioro deliberado, que atribuye a una minoría.

Recuerda un caso en Alicante que ilustra bien el problema: nada más terminar una semana de trabajo de estabilización, “el lunes apareció todo lleno de marcas de los chavales que iban con los quads a derrapar encima del camino”, atraídos, según él, por lo “divertidísimo” que les resultaba estrenar la superficie recién arreglada. Sin una vigilancia o concienciación adicional, ese tipo de comportamiento anula en días un trabajo que ha costado semanas.

Pagar para conservar

Preguntado directamente si sería partidario de implantar una tasa por el uso de caminos con vehículos a motor en espacios naturales, López-Bachiller no duda: “Totalmente. El principio básico es que las cosas cuestan dinero. Y si tú las quieres mantener bien, hay que gastarse el dinero, y para gastarse el dinero lo que hay que hacer es recaudarlo”. A su juicio, una tasa cumpliría una doble función: financiar el mantenimiento y, de paso, desincentivar el acceso motorizado en los entornos más sensibles.