El azufre, un insumo estratégico para la agricultura ante la tensión en Ormuz
La subida del precio y las dificultades de abastecimiento obligan a reforzar la planificación, diversificar compras y proteger el suministro local de una materia prima clave para fertilizantes y fungicidas.
El Estrecho de Ormuz suele aparecer asociado al petróleo, al gas o al transporte marítimo internacional. Sin embargo, las tensiones geopolíticas en esta zona tienen también una consecuencia menos visible, pero de enorme importancia para la agricultura: el suministro de azufre. Esta materia prima, esencial en fertilizantes, fungicidas y otras soluciones agrícolas, se ha convertido en los últimos meses en un factor de presión para la industria y, por extensión, para el agricultor.
El problema no es menor. Según explica Nasser Montasar, International Business director en AFEPASA, empresa partner del COIAL, «a través de Ormuz se suministra aproximadamente el 30% del azufre a nivel global». Esa dependencia convierte cualquier tensión en la zona en un elemento de incertidumbre para toda la cadena de valor, especialmente en un contexto en el que Europa es deficitaria en azufre, cuenta con menos refinerías que en el pasado y depende en buena medida de un mercado global cada vez más tensionado. El impacto ya se está notando: desde finales de febrero, el precio del azufre se ha triplicado. «No estamos ante un problema de venta. Estamos vendiendo mucho. El problema es que no tenemos suficiente materia prima», resume Montasar.
Un subproducto del refino con valor agrícola
El azufre ya no se obtiene, en términos generales, de minas como ocurría históricamente. Su principal origen está hoy en el refino del petróleo y el tratamiento del gas: durante estos procesos se separa para reducir emisiones contaminantes. Lo que en origen es un subproducto de la industria energética se transforma después en una materia prima esencial para otros sectores.
En agricultura, su papel es amplio. Se emplea como fungicida —con especial relevancia en producción ecológica— y como elemento importante en la nutrición vegetal, donde interviene en procesos relacionados con la absorción del nitrógeno. «El azufre afecta a muchos productos nutricionales y también a algunos fungicidas para el campo», explica Montasar. Por eso, cuando esta materia prima se encarece o no llega con normalidad, el efecto no se limita a un producto concreto: se traslada de forma progresiva a fabricantes, distribuidores y agricultores.
Cuando el problema no es vender, sino fabricar
El caso de AFEPASA ilustra bien esta paradoja. La empresa fabrica productos a base de azufre para uso agrícola, tanto en sanidad vegetal como en nutrición. En un año de fuerte demanda, el cuello de botella se ha situado en el suministro de la materia prima. «Estamos buscando azufre debajo de las piedras», afirma Montasar.
Una de las vías de mitigación pasa por diversificar el origen del suministro. AFEPASA está comprando en otros mercados, aunque sea a precios más elevados. Esta estrategia reduce el riesgo de depender de una única fuente, pero tiene límites evidentes: si la tensión es global, las alternativas también se encarecen, y los plazos logísticos se amplían.
Para Montasar, una parte esencial de la respuesta debería estar en la protección del suministro nacional. España cuenta con refinerías capaces de generar azufre como subproducto, pero las empresas transformadoras no siempre tienen garantizado el acceso. «Nos encontramos con la paradoja de tener una de las principales refinerías de petróleo en España muy cerca de nuestra fábrica y, al mismo tiempo, tener que irnos a miles de kilómetros a conseguir azufre», explica.
La propuesta no se formula como proteccionismo, sino como medida de estabilidad: que las refinerías españolas garanticen un volumen mínimo para fabricantes locales, de manera que la agricultura no quede completamente expuesta a la competencia internacional por una materia prima escasa. «Lo que necesitamos es que se garantice que una parte de ese azufre se queda en España», sostiene.
Mitigar no es sustituir, sino planificar mejor
No existe una sustitución sencilla. El azufre no es un componente accesorio que pueda eliminarse sin consecuencias en muchas formulaciones, lo que obliga a trabajar la mitigación desde la gestión del riesgo. En la práctica, esto significa reforzar varias líneas de actuación.
La primera es la anticipación en las compras: en un mercado tensionado, la planificación debe ser más amplia, con mayor seguimiento de precios, disponibilidad y rutas logísticas. La segunda es la diversificación de proveedores, que reduce la exposición a un único mercado sin eliminar la tensión. La tercera es la priorización del mercado nacional. AFEPASA ya aplica ese criterio: «Priorizamos el mercado nacional antes que la exportación para garantizar que nuestros clientes tengan producto», señala Montasar. La empresa destina habitualmente alrededor del 60% de su producción a la exportación, pero en un contexto de escasez, la prioridad pasa por el suministro local.
El agricultor, último eslabón de la tensión
La preocupación de fondo es que el encarecimiento del azufre acabe repercutiendo en el agricultor. La industria de fertilizantes y productos fitosanitarios trabaja en muchos casos con commodities, lo que limita su capacidad para absorber indefinidamente los incrementos de costes. «Somos fabricantes de commodities y no podemos vender muy caro porque perjudicamos al agricultor, que es nuestro principal cliente», apunta Montasar.
Por eso, la mitigación no puede depender solo de decisiones empresariales individuales. Si el azufre es necesario para sostener la fertilización, la sanidad vegetal y la productividad agraria, su suministro no puede analizarse únicamente con criterios de oportunidad comercial. También forma parte de la seguridad productiva del sector primario.
Las tensiones en Ormuz han vuelto a demostrar la fragilidad de algunas cadenas globales. Un conflicto en un corredor marítimo puede acabar condicionando el precio de un fertilizante o la planificación de una campaña agrícola en Europa. El azufre ha dejado de ser una materia prima invisible. Mitigar el impacto exige comprar mejor, planificar antes y diversificar orígenes. Porque cuando falla un insumo básico, la consecuencia no se queda en la fábrica: acaba llegando al campo.