03/07/2026

Ingeniería de biosistemas para gestionar territorios sujetos a la escasez hídrica y amenazados por lluvias torrenciales

David Santacreu, ingeniero agrónomo, lleva una década gestionando la infraestructura que protege la Playa de San Juan de las inundaciones y ha convertido cada lluvia torrencial en biodiversidad, frescor urbano y seguridad para los vecinos. La Marjal de San Juan demuestra que la ingeniería agronómica no se limita a diseñar infraestructuras: es capaz de convertirlas en biosistemas. Frente a un clima cada vez más extremo, el perfil polimático del ingeniero agrónomo —capaz de moverse entre la hidráulica, la biología y la gestión del territorio— deja de ser una curiosidad académica para convertirse en una necesidad. Donde otros ven solo un problema de drenaje, la ingeniería de biosistemas encuentra la oportunidad de construir ciudades más frescas, más biodiversas y, sobre todo, más seguras.

Alicante convive con una paradoja que solo la ingeniería puede resolver: le falta agua para regar y le sobra cuando llueve de golpe. En el centro de esa contradicción trabaja David Santacreu Fernández, ingeniero agrónomo, colegiado del COIAL y técnico en proyectos de desarrollo sostenible de Veolia en la Comunitat Valenciana, que desde 2015 acompaña la vida del Parque Inundable de la Marjal, en la Playa de San Juan. Lo que iba a ser solo un vaso de laminación contra las inundaciones se ha convertido, gracias a una mirada que combina hidráulica, biología y gestión del territorio, en un ecosistema que protege, enfría y da seguridad a toda una ciudad.

Alicante, entre la sed y la inundación

Santacreu llegó a la gestión del agua urbana de Alicante por la puerta del riego. «Cuando empecé a trabajar aquí había que gestionar los distintos cabezales de riego de las zonas verdes, y lo primero que vimos fue que había que fomentar el uso del agua regenerada», recuerda. Pronto entendió que, en una provincia de clima semiárido, la escasez no era solo un problema técnico, sino una forma distinta de pensar el recurso: «Estamos en una zona semiárida del sudeste español: era fundamental cambiar de paradigma e introducir el agua regenerada como el principal suministro para usos urbanos como el riego o los baldeos».

Pero Alicante tiene también la cara opuesta de esa misma moneda. «Alicante convive con dos paradojas: le falta agua para regar y le sobra cuando llueve de golpe», resume nuestro colegiado. Esa doble condición —sequía estructural y lluvias torrenciales concentradas en pocas horas— es la que ha obligado a la ciudad a repensar sus infraestructuras hídricas desde una perspectiva mucho más amplia que la meramente hidráulica.

Un vaso capaz de guardar 45.000 metros cúbicos

El resultado más visible de ese cambio de mirada es el Parque Inundable de la Marjal, ideado por el ayuntamiento de la ciudad en colaboración con Aguas de Alicante para resolver las inundaciones recurrentes de la calle Pintor Pérez Gil, en el PAU IV de la Playa de San Juan. «El problema de la lluvia torrencial es que cae en muy poco tiempo y en un volumen tan grande que ni los sistemas de drenaje ni los colectores son capaces de asumirlo», explica Santacreu. La solución consistió en conectar el punto más bajo de esa zona, mediante una conducción de entre 1.800 y 2.000 milímetros de diámetro, con un antiguo descampado a una cota inferior.

Allí se excavó un vaso de laminación diseñado para absorber los episodios más extremos. «Se construyó un vaso capaz de almacenar hasta 45.000 metros cúbicos, el volumen que estimamos que podía causar daños con un periodo de retorno de 50 años», detalla. Antes de su construcción, «era uno de los puntos más bajos, donde siempre se acumulaba el agua: se inundaban los garajes y había daños materiales importantes». Desde su inauguración en 2015, «ha habido tres episodios de lluvias torrenciales, y en los tres el parque ha conseguido evitar las inundaciones que antes dejaban inutilizada esa zona durante varios días».

El valor del conocimiento polimático

La pregunta que marca un antes y un después en este proyecto no es técnica, sino conceptual: ¿qué cambia cuando el objetivo ya no es evacuar el agua, sino darle un lugar donde quedarse? «El cambio es que se revela el valor del conocimiento polimático: no basta con la ingeniería, hace falta combinarla con conocimientos biológicos y biosanitarios para gestionar una lámina de agua», responde. Ese giro obligó a construir una infraestructura híbrida capaz de cumplir su función de mitigación y, al mismo tiempo, aportar valor ambiental durante el resto del año.

Para Santacreu, ese enfoque no es una singularidad de la Marjal, sino la prueba de una capacidad más amplia del perfil agronómico. «Los perfiles de ingeniería más polimáticos, como el nuestro, que tocan varias ramas de la ciencia, desde la electrotecnia y la construcción hasta la biología y la botánica, tienen la visión holística adecuada para coordinar proyectos complejos». La clave, insiste, está en anticipar los conflictos entre especialidades antes de que el proyecto salga del papel: «Que sumen en vez de restar, que creen sinergias y no incompatibilidades». Y añade una idea que resume su filosofía de trabajo: «Una infraestructura no solamente es valiosa cuando actúa para mitigar los efectos de una inundación puntual: durante toda su vida útil tiene que seguir aportando valor a su entorno». Es, en última instancia, una defensa de la ingeniería agronómica como la disciplina capaz de situarse en el centro de proyectos donde conviven lo hidráulico, lo biológico y lo social, sin que ninguno de esos frentes se sacrifique por el otro.

Unos 14 años tejiendo la doble red

La Marjal no habría sido posible sin una infraestructura previa en la que Santacreu lleva más de una década trabajando: la doble red urbana de reutilización de aguas de Alicante, que aprovecha el agua regenerada de las depuradoras de Rincón de León y Monte Orgegia —esta última, la que abastece precisamente a la Playa de San Juan—, tratando de reservar la red potable para el consumo humano. «El proyecto se basó en el desarrollo del plan director de reutilización, que se consensuó entre el Ayuntamiento de Alicante y Aguas de Alicante, una empresa mixta participada al cincuenta por ciento por el Ayuntamiento y por Veolia. Yo, dentro de Aguas, desde la aparición del RD 1620/07 para la reutilización de aguas, estuve unos 14 años encargándome del desarrollo la doble red de reutilización y, en paralelo, colaborando en la coordinación e implementación de diferentes aspectos del parque desde su inauguración», resume Santacreu. «Teníamos agua regenerada a mano para mantener una lámina permanente todo el año, lo que ha favorecido el acercamiento de la fauna y nos ha permitido mantener los ecosistemas que hemos generado». Sin la consolidación previa de esa doble red, admite, la vegetación habría sido mucho menos frondosa y probablemente no se podrían haber planteado dotar a la infraestructura de las lagunas ornamentales que hoy dan carácter y vida al parque, con vegetación palustre y de ribera, césped, coníferas en las cotas más altas y especies del cultivo tradicional alicantino, como el algarrobo, el olivo, el granado o la higuera.

Antes de aterrizar en la gestión del agua urbana, Santacreu había dirigido obras hidráulicas de mayor envergadura para la Comunidad de Regantes Riegos de Levante, como la armonización del Cuarto Canal de Levante o la impulsión de Mutxamel-Jijona; ninguna, admite, con la singularidad de la Marjal. «He intentado maximizar el potencial de la infraestructura, sobre todo a nivel de mejora de la biodiversidad y de una gestión que no sea conflictiva entre la parte hidráulica y la parte más sostenible», resume sobre su papel actual.

Como responsable de la doble red en el área metropolitana de Alicante, creó también los protocolos y la nomenclatura que permiten integrar el agua regenerada en el entramado urbano sin conflicto con las redes potables. Esa vocación de optimizar cada gota le ha llevado a inventar el Ara System, un sistema de aireación y agitación que mejora la oxigenación de grandes masas de agua desde la propia matriz del almacenamiento, y su variante para depósitos potables, el Thar System, orientada a mejorar la calidad del agua de consumo.

Un biosistema que exige seguimiento continuo

Gestionar un parque con una lámina de agua permanente no es solo cuestión de bombas y válvulas. «Este tipo de instalaciones conlleva lo que podríamos llamar una hipoteca técnica: al integrar elementos biológicos, exige un seguimiento continuo y una reconducción constante», explica Santacreu. Un biosistema, recuerda, puede desequilibrarse en cuestión de semanas: «Un escenario se puede torcer por una subida brusca de temperatura o cualquier cambio ambiental. Por eso estamos vigilando continuamente, reconduciéndolo».

Ese seguimiento se traduce en soluciones muy concretas. «Hemos implementado soluciones como los ARA Systems, unos cañones de aireación que mejoran la oxigenación de las lagunas permanentes y favorecen el desarrollo de la biodiversidad», detalla, además de la instalación de nidales y el control de fauna alóctona o doméstica que pueda interferir en el equilibrio del espacio. Cuando llega el momento de vaciar y limpiar el vaso, el equipo se convierte también en cuadrilla de rescate: «Hacemos una batida de rescate: ranas, tortugas, aves, incluso algún zampullín. Los llevamos al centro de recuperación mientras dura la limpieza y, cuando el vaso vuelve a llenarse, los liberamos de nuevo». El esfuerzo tiene una traducción medible y también social: «En la Marjal hemos constatado hasta cuatro grados menos de temperatura respecto a cuando esa zona era solo un descampado» y, además, «permite un lugar de reunión y esparcimiento para la ciudad, y sobre todo de concienciación ambiental».

Leer la lluvia para dar seguridad

Detrás de cada decisión técnica late la misma pregunta: cómo traducir el conocimiento acumulado sobre el clima en seguridad para quienes habitan la ciudad. El vaso de laminación, dimensionado para un episodio con un periodo de retorno de 50 años, es precisamente eso: la capacidad de leer las tendencias históricas de lluvias torrenciales y convertirlas en una infraestructura que se protege por adelantado. «Esta idea nos permitía trasladar ese volumen instantáneo a un lugar controlable y poder gestionarlo los días siguientes sin causar daño a los materiales», resume Santacreu. La Marjal ha cumplido esa función en los tres episodios de gota fría vividos desde 2015, evitando que el agua vuelva a inutilizar la Playa de San Juan durante días, como ocurría antes de su construcción.

Santacreu entiende esa transferencia de conocimiento también como una responsabilidad docente. «Llevo doce años impartiendo reutilización urbana de aguas, dándole esa faceta didáctica y académica para que nuevos ingenieros puedan aprender», cuenta, en referencia al curso de especialista en desalación y reutilización de agua que imparte junto al Instituto del Agua y la Asociación Española de Desalación y Reutilización. «El efecto es muy beneficioso para Alicante a todos los niveles: protección frente a inundaciones, sostenibilidad, biodiversidad y también a nivel social», resume. Y remata con una convicción que resume todo el proyecto: «Es un caso de éxito que puede ser perfectamente compartido y tenido en cuenta en cualquier otro proyecto similar que se quiera hacer», consciente de que la Marjal se ha convertido ya en un modelo que otras ciudades del arco mediterráneo, expuestas a los mismos extremos, empiezan a mirar con atención.