De Valencia a Varsovia: el ingeniero agrónomo que conecta los biosistemas con la economía

La agricultura comienza en una finca, pero sus números pueden estar escribiéndose a miles de kilómetros. Una sequía en California; una guerra en Ucrania; una helada cambia la variedad que conviene plantar y el agua puede decidir el valor de una explotación. Daniel Castelló se ha especializado en conectar esas variables. La Ingeniería Agronómica le permitió unir producción, economía, tecnología y empresa; trabajar en distintos países y, después de diez años en consultoras, iniciar en Polonia un proyecto propio. Su trayectoria ensancha los límites de una profesión que entiende los biosistemas y sabe ver en ellos riesgos y decisiones de inversión.

Una ingeniería con muchos grados de libertad

Dos parcelas colindantes pueden pertenecer a realidades económicas distintas. Agua, variedad, edad de la plantación, sistema productivo, rendimientos, costes, clima y riesgos territoriales modifican el resultado. Ninguna variable actúa por separado. Ahí aparece la singularidad del ingeniero agrónomo: trabaja con sistemas vivos y numerosos grados de libertad, pero dispone de herramientas matemáticas, estadísticas, económicas y tecnólogicas para ordenarlos. Daniel Castelló, colegiado del COIAL, encontró en esa combinación su lugar profesional.

“Como ingeniero agrónomo necesitas conocerlo todo sobre el activo y sobre el comportamiento del cultivo. Hay que saber cuánto vale la tierra sin plantar, si tiene agua, qué variedad se ha implantado, qué edad tiene y qué modelo productivo utiliza… Después relacionas toda esa información hasta alcanzar una conclusión de valor”, explica Daniel.

Antes de escoger carrera, dudó entre economía e ingeniería. Consideró que sería más fácil aprender economía desde una base técnica y encontró en la Ingeniería Agronómica la mezcla que buscaba. En tercero descubrió la valoración y una pregunta capaz de reunir sus inquietudes: “Me enganchó analizar por qué una explotación alcanza un determinado valor y qué riesgos tiene la actividad. Igual que a otra persona le pueden atraer los cítricos o la ganadería, a mí me gustó muchísimo la valoración”, recuerda. Una beca prevista para seis meses terminó prolongándose durante tres años en el Centro de Investigación en Ingeniería Económica (INECO) de la UPV. Castelló comenzó así a construir su especialidad antes de terminar la carrera.

Una oportunidad que conducía hacia el este

Después llegaron casi diez años en consultoras y proyectos en España, Portugal, Polonia y Rumanía. Cuando una firma británica con oficinas en Polonia quiso ampliar su actividad en Europa, encontró en Castelló experiencia técnica y financiera, conocimiento del mercado ibérico e idiomas. La oportunidad tenía un componente personal —su mujer es polaca—, pero la decisión fue también profesional. “La oferta suponía una enorme oportunidad profesional. Pero pesaron todavía más la calidad de vida y la posibilidad de conocer otra agricultura, con otros cultivos y otra manera de hacer las cosas”.

La carrera internacional no nació de una estrategia trazada de antemano, sino de una preparación que le permitió aprovechar la oportunidad

No diseñó un plan a largo plazo. Él y su mujer se habían planteado vivir una temporada en Polonia y la oferta convirtió aquella posibilidad en algo concreto. “Simplemente tuve la oportunidad y vine a ver qué pasaba. No era un país desconocido para mí. En octubre hará dos años y, de momento, parece que voy a quedarme, pero no lo planeé de antemano”. La carrera internacional no nació de una estrategia trazada de antemano, sino de una preparación que le permitió aprovechar la oportunidad.

Menos presencialismo, más responsabilidad

La adaptación a los clientes fue rápida porque el mundo de la inversión agraria es pequeño y global. Los mismos fondos y gestores que operaban en España querían conocer los activos y oportunidades de Polonia. Cambiaba el territorio, pero no necesariamente el interlocutor. La verdadera diferencia apareció en la cultura laboral. Castelló encontró un modelo menos pendiente de demostrar cuántas horas permanecía alguien ante el ordenador y más interesado en el cumplimiento de objetivos.

“En España sentía que tenía que mostrar más lo que estaba haciendo para que se notara. Aquí mi jefe me explicó al principio cuáles eran los objetivos. Si hacía el trabajo en 28 horas o en 40 le daba igual: simplemente tenía que estar hecho. Para mí supuso un cambio importante, porque ganaba independencia y responsabilidad”. La jornada podía terminar a las tres y media. No se trataba de trabajar menos, sino de establecer otra relación con el tiempo, la confianza y los resultados.

Lo que viaja dentro de un ingeniero agrónomo

Trabajar fuera le permitió comprender el valor diferencial de su formación. En otros países, el ingeniero agrónomo puede presentar un perfil más próximo a las ciencias agrícolas y especializado en producción. La titulación española conserva una carga de ingeniería que sorprende en entornos internacionales. Castelló lo comprobó al trabajar con profesionales británicos y polacos. “Les llama la atención que sepamos calcular estructuras, proyectar una instalación eléctrica o plantear la ventilación de una granja. Quizá sabemos menos que un especialista en un ámbito productivo muy concreto, pero tenemos una capacidad de adaptación mayor. Por eso, cuando estoy fuera, me gusta recalcar que soy ingeniero agrónomo”.

Esa amplitud proporciona una base para especializarse, cambiar de ámbito o reciclarse. Producción, ingeniería, economía y gestión forman un repertorio al que recurrir según el problema. “Si un día me fuera mal en la valoración, en el fondo de mi cabeza sigue estando la producción vitivinícola, que siempre me ha gustado. Tengo la formación y las competencias para comenzar otro recorrido. En países con perfiles mucho más estrechos resulta más difícil reinventarse”, sostiene.

La formación generalista no es falta de especialización, sino capacidad para escogerla y transformarla cuando cambia el problema

Considera transferibles a entornos profesionales en otros países la capacidad de adaptación, la disciplina, el aprendizaje continuo y el manejo tecnológico. A ellas suma matemáticas, estadística y economía, además de herramientas como Excel, que venera, los programas de análisis estadístico, los sistemas de información geográfica y la inteligencia artificial.

La economía de los biosistemas

La economía agraria permite comprender por qué lo que sucede en una parcela está relacionado con movimientos globales de materias primas, energía o comercio. La agricultura, además, muestra una resistencia singular durante las crisis porque responde a necesidades que nunca desaparecen. “Cuando empiezas a entender que la agricultura es uno de los hilos conductores de la geopolítica mundial, tener conocimientos económicos aporta muchísimo. Para valorar necesitas introducir precios y producciones. Conocer el mercado de la almendra en California puede ayudarte a predecir su evolución en España, igual que el rendimiento de una cosecha de olivar influye sobre los precios posteriores”.

La guerra de Ucrania mostró esas conexiones: el efecto sobre los cereales alcanzó la alimentación animal y los fertilizantes, y terminó trasladándose a los costes, la rentabilidad y el valor de las explotaciones. Para Castelló, esa capacidad de relacionar factores representa una ventaja decisiva: “Si tienes la mente abierta para ver que todo está enlazado, puedes situarte un paso por delante. Entiendes cómo funcionan los biosistemas, el peso de la economía y la importancia estratégica de la producción. Para eso, una buena base de matemáticas y estadística resulta fundamental”.

Traducir la finca al idioma de la empresa

Esa doble dimensión acerca al ingeniero agrónomo a consultoras, fondos, bancos, aseguradoras e intermediarios. El cliente necesita comprender cómo los datos agronómicos afectan al riesgo y al retorno de su inversión. Una dotación de agua carece de significado financiero si nadie explica si basta para el cultivo, cómo afectaría una reducción a la producción y qué efecto tendría sobre el valor. Esa traducción es una de las aportaciones del perfil agronómico.

“Para un fondo, un banco o una consultora es muy útil encontrar en la misma persona opinión financiera y opinión técnica. El informe puede ser económico, pero quien lo firma también ha estado sobre el terreno y conoce el activo. Eso aporta tranquilidad al cliente y convierte al ingeniero agrónomo en un perfil muy adecuado para la consultoría”, asegura nuestro colegiado.

Si tienes la mente abierta para ver que todo está enlazado, puedes situarte un paso por delante. Entiendes cómo funcionan los biosistemas, el peso de la economía y la importancia estratégica de la producción

Durante el grado y el máster, Castelló estudió economía, comercialización, marketing, contabilidad, emprendimiento y negociación: “Aunque entonces no tengas la inquietud de crear una empresa, la carrera planta esa semilla. Si después surge la oportunidad, descubres que ya posees parte de las herramientas”.

Mirar otros países para descubrir lo que falta

Con clientes estadounidenses y canadienses aprendió que cada variable, gráfico o hipótesis debía quedar respaldado por una fuente y una explicación. “No es como en España; sabes que van a preguntarte por cualquier página del informe y por el origen de cualquier dato. Ese examen exhaustivo te obliga a ser mucho más meticuloso y termina mejorando tu manera de trabajar”, reconoce.

También descubrió modelos diferentes de transparencia. En Polonia es posible solicitar a un ayuntamiento las transacciones de tierras; en Rumanía determinados datos son públicos. En España, conocer el precio real de las operaciones sigue siendo difícil. Después de valorar más de 20.000 hectáreas y activos superiores a 600 millones de euros, había comprobado que los datos agrarios europeos estaban dispersos y que relacionarlos consumía demasiado tiempo.

“Trabajar en otras geografías te lleva a preguntar por qué allí pueden hacer determinadas cosas y nosotros no: si faltan datos, conocimiento o recursos. Ver cómo organizan y muestran la información me ayudó a identificar la necesidad de la plataforma que estoy desarrollando: Farmland Analytica”, puntualiza Castelló, que ha trabajado doce horas al día durante los últimos ocho meses para poner en pie este ambicioso proyecto.

Dejarlo todo para construir una respuesta

Los posibles conflictos de interés le impedían mantener un pie en la consultora. Castelló dejó su empleo, recurrió a sus ahorros y se concedió un año para comprobar si el proyecto podía funcionar. “Hay personas que empiezan un negocio en sus ratos libres, pero en mi caso era muy difícil. Decidí desvincularme por completo y centrarme al cien por cien. El cálculo fue sencillo: si podía vivir un año, me daba ese año. Si salía bien, perfecto; y si no, siempre podía volver a trabajar porque no se me había olvidado hacer valoraciones”.

Para un fondo, un banco o una consultora es muy útil encontrar en la misma persona opinión financiera y opinión técnica. El informe puede ser económico, pero quien lo firma también ha estado sobre el terreno y conoce el activo

Su proyecto reúne datos numéricos y espaciales a escala de parcela y los traduce al lenguaje financiero. Para desarrollarlo ha aprendido programación. La tecnología se apoya sobre diez años de preguntas formuladas ante fincas y clientes. De momento, cubre todas las parcelas agrícolas de España. “El siguiente paso es Portugal, y mi objetivo es cubrir todo el territorio europeo en cinco o diez años”, aventura Daniel.

Salir para descubrir de qué eres capaz

Cuando se le pregunta qué recomendaría a un ingeniero agrónomo joven, Castelló no propone un destino ni una especialidad. Recomienda probar cuanto antes. Él no pudo participar en un Erasmus porque estudiaba y trabajaba al mismo tiempo; ahora bromea con que está viviendo el suyo a los 35 años. “El mayor error que cometí fue no irme antes. No porque deseara marcharme de España, sino porque vivir fuera es una experiencia que conviene probar. Puede gustarte y hacer que te quedes, o puede no gustarte y animarte a volver, pero ya lo has descubierto. La decisión es más sencilla con 23 o 24 años, antes de que lleguen otras responsabilidades”.

A los idiomas y la disposición para adaptarse añade una recomendación: formarse en inteligencia artificial, que dentro de diez años será para los ingenieros una herramienta tan cotidiana como Excel. Su trayectoria contiene una enseñanza anterior a cualquier tecnología: “La formación generalista no es falta de especialización, sino capacidad para escogerla y transformarla cuando cambia el problema”. Daniel Castelló salió de Valencia con una ingeniería para comprender la producción y la economía; en Varsovia descubrió que también servía para trabajar con otras culturas, conectar el campo con la inversión y convertir una carencia del mercado en una empresa propia.