Partners19/06/2026

El Mundial también se juega bajo las botas

Un jugador arranca, cambia de dirección y clava los tacos. El balón acelera, bota y se detiene a pocos centímetros de la línea. Todo sucede en una fracción de segundo, pero debajo hay una superficie viva que no puede permitirse fallar. Si el césped resbala, se rompe, se hunde o frena el balón de forma irregular, el partido cambia. El Mundial también se juega ahí, bajo las botas. Mientras millones de personas miran el balón, una parte decisiva del espectáculo depende de la superficie donde se desarrolla. SD by Dalmau, empresa partner del COIAL dirigida por la ingeniera agrónoma Sara Dalmau, lleva desde Valencia conocimiento, selección varietal y tecnología vegetal hasta la cadena técnica del mayor torneo de fútbol del planeta.

Esa alfombra que parece natural es, en realidad, una obra de precisión. Cada metro cuadrado concentra decisiones sobre genética, agua, clima, enfermedades, resistencia al pisoteo y capacidad de recuperación. Parte de los materiales utilizados por empresas españolas en trabajos vinculados a los estadios del Mundial procede de SD by Dalmau, empresa partner del COIAL dirigida por nuestra colegiada Sara Dalmau.

«Que empresas españolas estén trabajando en el Mundial y utilicen variedades nuestras es una satisfacción enorme. Pero, sobre todo, demuestra que detrás de un buen campo hay mucha técnica, mucha selección y mucha ingeniería agronómica», explica.

La superficie que nadie mira hasta que falla

El césped profesional tiene una misión paradójica: debe ser perfecto y, al mismo tiempo, pasar desapercibido. Si responde bien, nadie habla de él. Si falla, se convierte en protagonista antes incluso de que termine el partido. Una zona demasiado blanda puede arruinar un apoyo; una cobertura irregular cambia el bote; un terreno excesivamente seco acelera el balón; un exceso de humedad multiplica el riesgo de resbalón.

En la élite, la hierba es una infraestructura viva sometida a arrancadas, frenadas, compactación, sombra, calor y ventanas de recuperación mínimas. Debe mantenerse verde para la televisión, firme para el jugador y homogénea para que el terreno no altere la competición.

«El nivel de uso y el mantenimiento son determinantes. No es lo mismo un partido a la semana que cinco o seis encuentros en un día. La variedad tiene que recuperarse, resistir enfermedades, soportar siegas bajas y mantener densidad. Si la selección es buena, el campo responde mucho mejor después del desgaste», señala Dalmau.

De Paiporta al gran escaparate mundial

La historia empresarial comenzó en 1963. Más de seis décadas después, aquella compañía familiar valenciana trabaja dentro de una red que conecta universidades estadounidenses, productores de semillas en varios continentes, campos de ensayo, distribuidores internacionales, productores de tepe y responsables de mantenimiento de estadios.

Su presencia en Japón, Argentina, Italia, Turquía, Bélgica, Chile o Marruecos se explica a través de una reputación construida campo a campo. Otros mercados observan los estadios españoles para reproducir ese nivel de calidad.

«A mí me llena especialmente de orgullo Japón, porque allí han buscado variedades que se utilizan en campos como los del Barça, el Valencia o el Madrid. También tenemos material en Argentina, Italia o Turquía. Cuando otros países se fijan en lo que se hace aquí es porque el césped deportivo español ha alcanzado un nivel altísimo», afirma Sara Dalmau.

La ciencia de saber elegir

SD by Dalmau no crea la genética inicial de las variedades. Esa investigación se desarrolla principalmente en universidades estadounidenses especializadas. Pero entre una variedad prometedora y un césped capaz de soportar la máxima competición existe una distancia enorme. Ahí empieza el trabajo de la ingeniera agrónoma: saber qué buscar, qué descartar y qué puede convertirse en una solución real.

«Cuando vas a una universidad americana te ofrecen muchas posibilidades, pero técnicamente tienes que saber qué quieres. Debes distinguir qué variedad puede funcionar en una zona concreta, cuál resistirá una enfermedad habitual en el Mediterráneo, cuál soportará mejor el calor y la sequía o cuál tendrá la capacidad de recuperación que exige un campo de fútbol», explica.

No se elige solo un color. Hay que leer clima, suelo, agua, germinación, resistencia, regeneración, uso y mantenimiento. «No existe una variedad perfecta para todos los campos. La ingeniería agronómica permite integrar todas esas variables y elegir la combinación con más posibilidades de funcionar», resume.

Una semilla pequeña, una operación mundial

Una vez seleccionada la variedad, comienza otra partida. La semilla se multiplica en regiones especializadas de Estados Unidos, Canadá, Nueva Zelanda, Francia, Dinamarca o República Checa. La empresa contrata superficies, coordina la producción y controla que el material mantenga las características por las que fue elegido.

«Recibimos una cantidad muy pequeña de semilla prebase y a partir de ella se obtiene la semilla de base. Después contratamos cada año las superficies de cultivo. Hay agricultores que producen para nosotros bajo unas condiciones determinadas», detalla Dalmau.

Los grandes pedidos pueden viajar directamente desde los países productores. Otros llegan a Paiporta, donde se preparan mezclas específicas. La empresa también produce tepe en una finca de unas 120 hectáreas en Plasencia. El césped en rollos está vivo, es pesado y perecedero: debe viajar refrigerado y llegar cuando el terreno está listo. El calendario del fútbol no espera.

El laboratorio acaba en el campo

La promesa de una variedad no basta. Antes de incorporarla al mercado, Dalmau la somete a ensayos en colaboración con la Universitat Politècnica de València. Es el momento en que la genética abandona el catálogo y se enfrenta a la realidad: calor, humedad, riego deficitario, enfermedades, mezclas, resiembras y diferentes manejos.

«Nosotros seleccionamos las variedades y las testamos aquí antes de lanzarlas. Estudiamos cómo se adaptan, cómo responden con distintas condiciones de riego y fertilización y qué comportamiento tienen en mezcla o en resiembra. Ese proceso nos permite saber realmente dónde encaja cada material», destaca la ingeniera agrónoma.

El ensayo desmonta apariencias. Una variedad espectacular puede fracasar frente a una enfermedad; otra puede resistir el calor, pero recuperarse demasiado despacio. La innovación termina cuando alguien demuestra que funciona en un sistema concreto.

El agua cambia las reglas del juego

En España conviven dos grandes estrategias. Las especies de clima templado, como el ray grass inglés, mantienen muy bien el verde en los meses fríos, pero sufren más con las altas temperaturas y necesitan mayor disponibilidad de agua. Las especies de clima cálido, como la bermuda, soportan mejor el verano y pueden reducir mucho el consumo hídrico, aunque entran en latencia con el frío.

Valencia, Levante, Villarreal o Elche trabajan con bases de clima cálido y realizan una resiembra otoñal para conservar el verde en invierno. Esa elección reorganiza riego, fertilización, calendario, coste y recuperación.

«En nuestra zona, las especies de clima cálido son mucho más sostenibles y pueden consumir alrededor de una tercera parte del agua. Cuando llega el frío se resiembran y así se mantiene un aspecto verde durante toda la temporada. Hay que combinar sostenibilidad y exigencia deportiva», explica Sara Dalmau.

La ingeniería que desaparece al sonar el silbato

Antes de que empiece un partido, alguien ha tenido que anticipar cómo se comportará una planta que todavía no ha germinado. Ha hablado con investigadores, elegido una variedad, organizado su producción, comprobado su adaptación, preparado la mezcla y coordinado su llegada. Después, el groundsman la convierte en un terreno capaz de soportar noventa minutos al límite.

Nada de eso aparece en la alineación ni en la repetición de un gol. Pero está en cada apoyo seguro y en cada pase que rueda limpio. La ingeniería agronómica sostiene el espectáculo porque consigue que toda esa complejidad parezca natural.

«En España somos muy buenos en césped deportivo y fuera lo saben. Hay empresas, técnicos y responsables de mantenimiento extraordinarios. Que una empresa valenciana forme parte de esa cadena internacional demuestra hasta dónde puede llegar nuestra profesión», concluye Dalmau. Cuando el árbitro pita y nadie habla del césped, es que la ciencia ha ganado su partido.