En Mallorca, la comida de San Isidro ya convoca a la mitad del colegio

55 colegiados se reunieron la semana pasada en una casa rural de Mallorca para celebrar la comida de San Isidro de la delegación balear del COIAL. Si se suman los actos paralelos de Menorca e Ibiza, aun por celebrar —donde la asistencia es prácticamente total—, la cifra llegará hasta los 80 colegiados, casi la mitad del censo de Baleares. Felip Gelabert, delegado en las islas, no lo dice con énfasis, pero el dato habla por sí solo.

La comida de Mallorca tuvo además una nutrida representación institucional. Asistieron el conseller de Agricultura, el director general de Recursos Hídricos. El conseller de Empresa e Industria, el director general de Economía Circular y la directora gerenta de l’Institut Balear de l’Energia (IBE) habían confirmado, pero una cuestión de agenda les impidió acudir a última hora. También estuvieron presentes el decano del Colegio de Veterinarios, un representante del Colegio de Industriales y la delegada balear del Colegio de Forestales. Una mesa de instituciones que Gelabert no considera casual: «Últimamente hemos trabajado bastante en abrir plazas a ingeniero agrónomo en esas consellerias y quisimos agradecer que han sido receptivos con nuestras peticiones».

El formato elegido combina la formalidad justa con la libertad de movimiento. La comida tiene su protocolo, pero al terminar la gente se dispersa por la finca y los colegiados acaban hablando directamente con el conseller o con un director general en el mismo tono con que lo harían con un compañero de profesión. «Esto da la oportunidad a los colegiados de poder hablar directamente con personas con las que muchas veces no tienen la oportunidad, en un ambiente muy distendido y participativo», explica Gelabert. Es, dice, más un encuentro entre antiguos compañeros que un acto oficial.

Un colegio que no para de crecer

Gelabert tiene otro motivo para el optimismo más allá de la comida. Desde 2018, cuando tomó las riendas de la delegación, el colegio ha sumado 30 colegiados nuevos, un crecimiento que él mismo reconoce que le sorprende dado el reducido número de titulados que salen cada año de la universidad en las islas. La explicación está en otro lado: profesionales ya en activo, funcionarios, técnicos dentro de empresas que nunca habían dado el paso de colegiarse y que ahora lo están haciendo.

«Me sorprende muchísimo lo rápido que crecemos, pero también me alegra, porque en cierto modo es un indicador de que estamos haciendo un buen trabajo», dice. El colegio, que durante años fue percibido como algo útil solo para quienes ejercen en libre, ha convencido también a los funcionarios de que la institución les representa.

Cercanía como estrategia

Detrás del crecimiento hay un modelo de funcionamiento muy concreto. El equipo de la delegación —Gelabert, Pepe, Sandra y unos pocos más— se reparte los frentes con claridad: Pepe lleva la parte técnica y el contacto con quienes ejercen en libre; Gelabert, que es funcionario, se ha centrado en ese colectivo; y Sandra hace un trabajo de proximidad casi artesanal, identificando problemas individuales y llamando directamente a quien los tiene. «Esta cercanía se nota mucho», dice Gelabert. «Al final la gente deja de preguntar para qué sirve el colegio cuando ya saben para lo que sirve y lo usan»..

Una de las iniciativas más recientes ha sido la creación de una comunidad de WhatsApp estructurada en varios grupos: uno por isla, uno general y uno restringido para el equipo directivo. La presentaron el día de San isidro y tuvo buena acogida. La idea es sencilla: la newsletter semanal informa, pero no escucha. «No tenemos el feedback de cómo lo han recibido, qué han entendido, qué tal. Hacerlo a través de grupos de WhatsApp mejorará esta parte de ida y vuelta», explica Gelabert. Todavía hay poca actividad en los chats, pero él lo ve con perspectiva: «Como lo usemos bien, más gente se apuntará y más gente se animará».

La petición que nadie esperaba: merchandising

La comida dejó también una nota inesperada que Gelabert cuenta con evidente diversión. A lo largo del encuentro, varios colegiados le hicieron la misma petición por separado, sin haberse puesto de acuerdo: querían merchandising del colegio. Uno pedía pines de los de toda la vida, de los dorados con solapa. Otro reclamaba gorras para ir al campo. Un tercero echaba de menos bolis y calendarios para tener en la oficina, como los que reparten los colegios de arquitectos o de caminos.

«No fue uno, fueron más de cinco, y pedían cosas distintas», cuenta Gelabert. La petición no es menor: en un colectivo que lleva años preguntándose para qué sirve el colegio, querer llevar su logo en la gorra o tener su boli en el escritorio es, a su manera, una declaración de pertenencia. Gelabert ya tiene pensado trasladárselo al equipo. El contenedor de Aliexpress, bromea, puede esperar. Los pines y las gorras, quizá no tanto.

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