San Isidro confirma el pulso joven y el orgullo de pertenencia del COIAL
La celebración en Valencia, una de las más concurridas de los últimos años, convirtió la amenaza de lluvia y cambios de última hora en una noche de reencuentros, mezcla generacional y compañerismo. El discurso del decano, Ximo Aguilella, puso palabras a lo que se respiraba en la sala: una profesión que une trayectorias muy distintas y mantiene vivo el colegio como lugar de encuentro.
La cena de San Isidro del COIAL en Valencia comenzó bastante antes de que llegaran los primeros asistentes. Lo hizo a mediodía, con lluvia, llamadas de última hora y decisiones rápidas. La previsión obligó a modificar el montaje previsto y a trasladar al interior del restaurante una celebración que, como venía siendo habitual, estaba pensada para desarrollarse al aire libre.
La contrariedad inicial terminó siendo casi una ventaja. La noche resultó fresca y muchos agradecieron que la cena se celebrara dentro. Pero, sobre todo, el cambio de planes no alteró lo verdaderamente importante: el ambiente. San Isidro volvió a reunir a compañeros de distintas generaciones en una de las celebraciones más participativas que se recuerdan en los últimos años, con una presencia especialmente notable de gente joven y una sensación compartida de cercanía, pertenencia y ganas de estar.
Una noche que encontró su sentido en el discurso del decano
Antes de que la fiesta tomara velocidad, Ximo Aguilella tomó la palabra. Su intervención no fue un discurso de balances, ni de anuncios institucionales, ni de grandes solemnidades. Fue algo mucho más adecuado para una noche como aquella: una apelación sencilla al compañerismo, al reencuentro y a la fuerza de una profesión compartida.
“Hoy celebramos San Isidro, y seguramente una de las cosas más bonitas de esta profesión sea precisamente esto: poder reunirnos como compañeros, compartir un rato juntos, reencontrarnos y sentir que seguimos formando parte de algo muy especial”, señaló el decano al inicio de su intervención.
El argumento central llegó poco después y conectó de forma natural con la sala. Aguilella recordó que, por encima de trayectorias, cargos, responsabilidades o años de ejercicio, hay algo que iguala a todos los presentes: ser ingenieros agrónomos.
“Da igual que uno lleve cincuenta años de profesión y otro acabe de empezar.. Da igual la trayectoria, el cargo o los proyectos de cada uno. Aquí todos compartimos lo mismo: una profesión, una manera de entender el trabajo y, al final de todo, una forma muy especial de entender la vida.”
No hizo falta mucho más para que la idea se entendiera. Bastaba mirar alrededor. En las mesas, en los corrillos y en las conversaciones que se iban formando por toda la sala convivían compañeros veteranos, profesionales en activo, jóvenes colegiados y futuros ingenieros agrónomos que empiezan a acercarse al colegio con una naturalidad cada vez mayor.
La fuerza de una generación que se acerca al colegio
Una de las imágenes más significativas de la noche fue precisamente esa: la presencia de muchos compañeros y compañeras jóvenes que vivieron la cena como algo propio. Hay una sintonía que se nota, que crece y que en San Isidro se hizo especialmente visible.
Hubo también pequeñas escenas que explican mejor ese clima que cualquier declaración formal. Un grupo de jóvenes comentaba, entre bromas, que nunca habría imaginado ponerse una corbata para un acto profesional. Y allí estaban, luciendo la corbata del colegio con naturalidad, con humor y también con orgullo. La anécdota no tenía importancia por la corbata en sí, sino por lo que revelaba: una forma espontánea de asumir que el colegio también les pertenece.
El fotocall fue uno de los grandes termómetros de ese ambiente. Continuamente concurrido, con grupos de distintas edades, promociones y ámbitos profesionales, acabó reflejando una de las claves de la noche: San Isidro no fue solo una cena multitudinaria, sino una celebración en la que varias generaciones se reconocieron como parte de una misma comunidad profesional.
Aguilella lo expresó también en su discurso al subrayar que noches como esta permiten que “se junten compañeros de todas las generaciones”, que los más jóvenes aprendan de quienes llevan toda una vida en la profesión y que descubran que el colegio es, ante todo, “un lugar de encuentro y de compañerismo”.
El colegio como lugar al que se quiere volver
El resto de la noche tuvo ese tono reconocible de las grandes celebraciones colegiales: conversaciones que se retoman como si el tiempo no hubiera pasado, abrazos, presentaciones, bromas, recuerdos compartidos y ese “¿cómo estás?” que en el día a día muchas veces no encuentra espacio.
San Isidro volvió a demostrar que el colegio cumple una función que va mucho más allá de lo administrativo o profesional. Es también un lugar al que se vuelve. Un espacio donde se cruzan generaciones, donde se mantienen vínculos y donde la profesión se reconoce a sí misma en un ambiente cercano, humano y alegre.
Esa fue, probablemente, la verdadera lectura de la noche. Más allá de cualquier dato de asistencia, la celebración dejó la sensación de que el COIAL vive un momento especialmente valioso en términos de comunidad: con compañeros veteranos que siguen participando, con generaciones intermedias que sostienen el día a día de la profesión y con gente joven que empieza a sentirse parte activa de todo ello.
El propio decano cerró su intervención agradeciendo a los asistentes que sigan haciendo del colegio “un lugar cercano, humano y alegre”. Y la frase funcionó casi como resumen anticipado de lo que después continuó ocurriendo durante toda la velada.
La música como colofón
La noche tuvo también su momento musical. El grupo Malditas Gaviotas actuó en directo y aportó el punto de sorpresa y celebración que terminó de redondear la cena. Uno de sus componentes está a pocos meses de defender su TFM y de poder colegiarse como ingeniero agrónomo. Además, es hijo de colegiado, lo que añadió a la actuación un guiño generacional muy en sintonía con el espíritu de la noche.
El grupo alternó temas propios con canciones conocidas y, en un momento dado, la fiesta tomó un giro inesperado. El propio Ximo Aguilella se sentó a la batería; Elena Picó, secretaria de la Junta, se puso a los teclados; y Antonio de Rueda cogió la guitarra eléctrica para sumarse a la actuación. Durante unos minutos, la cena dejó definitivamente cualquier aire institucional para convertirse en lo que en realidad ya era desde el principio: una fiesta de compañeros.
El cierre con Mi gran noche, coreada espontáneamente por varios colegiados y colegiadas que asaltaron el escenario, difícilmente pudo ser más acertado. Porque eso fue, precisamente, San Isidro en Valencia: una gran noche de reencuentro, de orgullo profesional y de pertenencia compartida.