PPWR: el plástico se queda en el lineal, pero va a cambiar para mejor
El 12 de agosto de 2026 ha pasado casi desapercibido para quien compra en el supermercado, pero no para los laboratorios ni los departamentos de I+D de la industria alimentaria. Ese día entró en aplicación la primera gran exigencia documental del nuevo Reglamento Europeo de Envases y Residuos de Envases (PPWR), y desde entonces las empresas deben demostrar, con evidencia técnica, que sus envases no contienen determinadas sustancias. Carmen Sánchez, doctora ingeniera agrónoma, directora de Estrategia y Tecnología de ITENE y chair del Board of Directors de ADBioplastics, lleva casi treinta años dedicada al packaging desde que entró en el centro tecnológico con una beca, en 1997, cuando España transponía la primera gran directiva comunitaria de envases. Con esa perspectiva, explica por qué esta fecha no es un trámite administrativo más, sino el arranque de una transformación que llegará por etapas hasta bien entrada la próxima década.
Una fecha, tres sustancias
El PPWR entró en vigor cuando se publicó, el 11 de febrero de 2025, pero su despliegue es progresivo: reparte exigencias a lo largo de varios años, desde la reciclabilidad hasta la reutilización, pasando por el contenido reciclado obligatorio. El 12 de agosto marca solo el primer peldaño. “Lo que pasó este agosto es que entró en vigor la exigencia de hacer una declaración de conformidad en torno al cumplimiento de la presencia de PFAS, de metales pesados y de sustancias preocupantes”, resume Sánchez. Son las tres familias de sustancias que toda empresa debe descartar y acreditar documentalmente: los PFAS o “químicos eternos”, los metales pesados —un control que viene ya de la normativa de los noventa— y una lista de más de cien compuestos catalogados como de alta preocupación (high concern).
Llevamos desde abril con un pico de demanda de las empresas para afrontar esta exigencia del 12 de agosto brutal
La clave no es solo qué sustancias se prohíben, sino cómo hay que demostrar que no están. “La declaración de conformidad es una autodeclaración que hace la empresa, pero que tiene que hacer con rigor técnico. No se trata de hacer esta declaración y ya está, sino que tienes que estar seguro de que lo que estás firmando lo cumples de verdad”, advierte. Detrás de cada declaración debe haber análisis de laboratorio que evidencien la ausencia de esas sustancias en cada familia de envases, y esa documentación es la que, más adelante, sustentará también la trazabilidad que exigirán los siguientes hitos del reglamento.
De la desinformación a la carrera contrarreloj
Aunque el PPWR lleva vigente desde su publicación, ha sido esta primera exigencia documental la que ha activado de verdad a la industria. “Llevamos desde abril con un pico de demanda de las empresas para afrontar esta exigencia del 12 de agosto brutal. Ha sido un pistoletazo de salida, una activación muy potente”, relata Sánchez, cuyo equipo en ITENE combina laboratorio de ensayo, investigación y consultoría para acompañar a empresas alimentarias, cosméticas, farmacéuticas o químicas —el reglamento afecta a todo tipo de envases y embalajes, no solo al primario de alimentación— desde la fase de diseño.
Ese movimiento ha traspasado ya el laboratorio y empieza a notarse en el lineal. Uno de los cambios más visibles se ha producido en frutas y hortalizas: “En los lineales de fruta y verdura no debe haber nada empaquetado si el peso es menor de kilo y medio, salvo que el producto lo exija por condiciones de conservación. Eso sí que está implementando cambios”, explica. A ese ajuste se suma la sustitución progresiva de envases plásticos por otros igualmente plásticos pero reciclables, o por soluciones celulósicas, un movimiento que Sánchez observa ya en la gran distribución, aunque de forma gradual y todavía poco perceptible.
De comprobación posterior a requisito de partida
Para la ingeniería del envase, el cambio de fondo es otro: el cumplimiento normativo deja de ser una comprobación posterior al diseño para convertirse en requisito de partida. “Esto entra en la yugular. Las empresas hasta ahora han estado diseñando desde el punto de vista de la optimización, pero básicamente por un tema de coste. Ahora la sostenibilidad tiene que estar integrada en la estrategia de toma de decisiones sobre el packaging desde el momento cero”, resume.
La declaración de conformidad es una autodeclaración que hace la empresa, pero que tiene que hacer con rigor técnico
Eso obliga a resolver una tensión que se agudiza: reducir material y mejorar la reciclabilidad sin comprometer la conservación ni la seguridad alimentaria. “Tú has de asegurar que tu envase es medioambientalmente más correcto sin perder de vista que no puedes mermar ni la calidad ni la seguridad alimentaria. Ese equilibrio es más fácil en algunos productos, porque la solución está más cercana, y en otros requiere soluciones más complejas”, apunta, y admite que a veces implica renuncias: “A veces la solución que se encuentra reduce la vida útil del producto: en lugar de seis meses, son cuatro. Nos tendremos que acostumbrar a eso.”
Lo que viene: de aquí a 2030 y más allá
Superada la primera exigencia sobre sustancias, el calendario del PPWR encadena hitos cada vez más exigentes: contenido reciclado mínimo, reciclabilidad por diseño y, más adelante, a escala; envases compostables para usos concretos como bolsas de té o cápsulas de café; reducción del espacio vacío en los envases de venta y transporte; y, a partir de 2030, restricciones sobre determinados formatos, la obligación de que las grandes superficies destinen parte de su espacio a puntos de rellenado, y objetivos crecientes de reutilización en bebidas y embalajes de transporte.
“Ya hay un hito importante que se ha implementado, que es la incorporación de material reciclado en los envases —de hecho, hay un impuesto específico sobre esto en España—. Encima de la mesa está también conseguir un envase reciclable o reutilizable, la optimización del envase y el etiquetado, que esperamos que salga ahora con la nueva guía”, enumera Sánchez. “Son cambios que afectan ya a la estrategia de la empresa y a la gestión de la toma de decisiones sobre el packaging”, añade sobre un calendario que, insiste, “necesita de más trabajo técnico para cumplir” que el que ha exigido esta primera etapa.
Esto entra en la yugular. Las empresas hasta ahora han estado diseñando desde el punto de vista de la optimización
Ese calendario no solo exige tiempo técnico, también exige una gestión interna que muchas empresas todavía no tienen rodada. “Cuando vas a cambiar el packaging en la empresa, has de convencer tanto al de producción como al de marketing; ahí todo el mundo opina. Eso requiere una gestión potente interna, lo que nosotros llamamos Packaging Management”, explica. Los fabricantes de materiales y buena parte de las envasadoras alimentarias ya se han puesto en marcha, pero queda camino: “hay que anticiparse todavía más de lo que se está haciendo ahora”.
La trazabilidad documental, básica
La trazabilidad documental será la columna vertebral de todo el proceso. “Para hacer esas declaraciones es necesario tener un soporte técnico: documentación y evidencia de que no tiene metales pesados, no tiene PFAS, es reciclable… Con eso vas generando trazabilidad”, explica. Las inspecciones para verificar ese cumplimiento todavía no se han activado —“de momento no se ha puesto en marcha, pero llegará, seguro”—, y la potestad sancionadora corresponde a cada Estado miembro: España cuenta ya con su propio reglamento de envases, pendiente de revisión para adecuarse al marco europeo.
Ese despliegue, subraya Sánchez, tira además de la innovación en toda la cadena de valor, no solo del lado del material. “La innovación va mucho más allá del material: hay que evolucionar los envases para que sean más reciclables, pero luego tiene que haber una tecnología que los recicle y que garantice que el resultado sigue siendo apto para contacto alimentario. Es un movimiento que toca muchos agentes de la cadena de valor”, señala, desde los fabricantes hasta los gestores de residuos y las administraciones responsables de las infraestructuras de reciclaje.
La mirada del ingeniero agrónomo
Sánchez es ingeniera agrónoma y, además, cursó Tecnología de Alimentos, una combinación que considera clave para entender el packaging como lo que realmente es: parte del sistema de conservación del producto, no un elemento accesorio que aparece al final de la línea de fabricación. “El alimento y el envase tienen que ir juntos desde el momento de su concepción. No es algo decorativo ni algo que solo sirve para transportarlo: tiene que proteger al producto”, afirma.
El alimento y el envase tienen que ir juntos desde el momento de su concepción… tiene que proteger al producto
Esa mirada integradora —alimento, materiales, procesos industriales, conservación, logística, seguridad alimentaria, regulación— es, para ella, herencia directa de la formación en ingeniería. “La formación que te dan en la escuela te sirve para estructurarte muy bien la forma de abordar los problemas, con un contenido y una base técnica. A mí me ha permitido trabajar en alimentación, cosmética, farmacia, sector químico, detergencia”, explica sobre una trayectoria que arrancó en el análisis técnico de envases y ha derivado hacia la dirección estratégica de un centro tecnológico de referencia.
Doble titulación y una formación apabullante
Sánchez terminó Ingeniería Agronómica y, en paralelo, Tecnología de los Alimentos —entonces una carrera de segundo ciclo que se podía cursar a la vez—, y acabó ambas en 1996. Además, ha cursado tres másteres: MBA en Estema, PDG en IESE y Coaching Directivo y Liderazgo en OBS. De los años en la escuela dice que se llevó mucho más que conocimientos técnicos: «Yo tenía una muy buena base técnica que me dio la escuela sobre cómo gestionar y cómo enfrentarme a resolver problemas», explica. Cree además que la formación actual ha mejorado la formación para su ámbito profesional: «Hoy en día en la carrera han reforzado la asignatura de Tecnología de Envases, y eso te da mucha base para poderte dedicar al mundo del packaging, de la logística y los procesos industriales».
Seguiremos viendo plástico. No confío en que veamos cosas radicalmente distintas, pero sí envases más optimizados, con menos cantidad de material y menos plástico superfluo
Esa base es, para ella, lo que ha sostenido un recorrido que empezó en la parte más técnica —ejecutando proyectos— y ha derivado hacia la gestión, en un ITENE que «ha evolucionado mucho» y «ha abierto muchas más líneas, aparte de la de envases». También es, dice, lo que le permite entendrese con perfiles muy distintos al suyo dentro del propio centro: «Nuestra carrera nos permite entendernos muy bien con los investigadores puros, porque tienes esa base buena», apunta. «Estoy muy contenta de la formación y el alcance que tiene la ingeniería agronómica», resume.
“El plástico no se va a eliminar”
Con el PPWR plenamente desplegado, el supermercado del futuro se parecerá, a primera vista, bastante al de hoy. “El plástico no lo vas a eliminar, vas a seguir viendo envase de plástico”, zanja Sánchez, y quien espere lineales convertidos de la noche a la mañana en un escaparate de granel y bolsas biodegradables se llevará una desilusión. “No confío en que veamos cosas radicalmente distintas, pero sí envases más optimizados, con menos cantidad de material y menos plástico superfluo, ese que durante años se coló en productos que no lo necesitaban”, resume.
Ese es el verdadero alcance del PPWR: no borrar el plástico del mapa, sino obligar a que cada envase cumpla, desde el primer boceto, con lo que ya se le exigía —proteger, conservar, garantizar la seguridad alimentaria— y con todo lo nuevo. Una tarea que, como demuestra la trayectoria de Sánchez, encaja de forma natural en la ingeniería de biosistemas: la disciplina que sabe leer, a la vez, el alimento, el material y el proceso que los une.