Un colegio que ayuda a reiniciar la partida: así se reorienta una carrera profesional

Begoña Donat, ingeniera agrónoma: reinventarse tras la DANA

La DANA la alcanzó cuando llevaba tiempo apartada del trabajo para cuidar de su familia. El convenio de peritaciones que coordinó el colegio, y el acompañamiento que vino después, convirtieron aquel momento difícil en una nueva etapa como ingeniera autónoma

Otoño de 2024. La DANA acaba de arrasar campos, caminos e infraestructuras en la provincia de Valencia, y también ha llamado a la puerta de la casa de Begoña Donat. Ella, ingeniera agrónoma con catorce años de trayectoria en Heineken, lleva un tiempo alejada del trabajo para cuidar de su familia, sin un camino claro para volver a ejercer. Es entonces cuando el colegio se cruza en su recorrido. De ese encuentro nacerán sus primeras peritaciones, su alta como autónoma y, hoy, su primer cliente. En los videojuegos, reiniciar la partida no obliga a empezar de cero: el jugador conserva las skills que ha ido desbloqueando nivel a nivel. Donat acumulaba unas cuantas. Lo que le faltaba era una nueva pantalla en la que ponerlas en juego.

Hay ayudas que llegan antes de que uno sepa que las necesita. La de Donat fue de esas. En plena emergencia, el colegio estaba movilizando a los ingenieros agrónomos para evaluar los daños en el campo valenciano, y a ella la oportunidad le llegó con una fórmula a la medida de su situación: cada uno aportaba lo que podía, aunque fuera una hora al día. “Dije: esto es perfecto para poder ayudar y para poder retomar un poco el contacto con la parte técnica”. Ella misma lo resume sin rodeos: “En mi caso llegó en el momento perfecto, me dio la oportunidad de volver a involucrarme con la ingeniería”.

Y hay un matiz que subraya más de una vez: nunca tuvo la sensación de estar llamando a ninguna puerta. “En ningún momento he notado que tuviera que ir yo pidiéndoles algo, todo lo contrario. El colegio siempre tenía una respuesta a las necesidades que he ido teniendo a lo largo de todo este proceso”.

Reiniciar sin perder lo aprendido

Nunca había sido autónoma y no sabía cómo funcionaba. El departamento laboral del colegio le explicó, con paciencia y al detalle, todo lo que necesitaba saber y las peritaciones le devolvieron algo que no había perdido, solo aparcado. “Le cogí el gustillo”, admite. Había aprendido a organizarse con las necesidades de su casa y sabía que podía reservar horas para la ingeniería, aunque no dentro de un horario de empresa. “Ese gusanillo lo tenía otra vez ahí, y dije: algo hay que hacer, es el momento”.

El salto de la cuenta ajena a la cuenta propia daba vértigo, y ahí el colegio volvió a estar. Le insuflaron confianza. “Me ayudaron a dar el paso y a decir: venga, tengo todo lo que necesito para poder hacerlo, y me dieron esa seguridad”. Tenían motivos para estar convencidos. Desde la carrera, Donat llevaba en la mochila un repertorio de habilidades que la vida había ido activando una a una, a medida que la ponía en escenarios distintos. Para entender ese inventario hay que volver a la primera pantalla.

Primera pantalla: la fábrica vista con ojos de ingeniera

Donat terminó Ingeniería Agronómica en la Universidad Miguel Hernández y volvió a Valencia, “a casa, por decirlo de alguna manera”. En 2006 le surgió una oferta que no figuraba, como suele ser habitual, en el imaginario popular de lo que hace una ingeniera agrónoma: responsable de visitas a fábrica de Heineken España, en Quart de Poblet. Hasta entonces, las visitas las habían guiado azafatas que repetían un guion, pero al ver su formación, la empresa quiso profesionalizar el puesto. El argumento la convenció: “Qué mejor visión podemos dar los ingenieros a la hora de explicar un proceso que la que tenemos nosotros mismos”. Lo aceptó pensando que sería una forma de romper el hielo tras la escuela. Se quedó catorce años.

Por la fábrica pasaban consumidores y asociaciones, pero también grupos de universitarios y profesores de la Universitat Politècnica de València y de otras universidades, que utilizaban la visita como una práctica más. Cada recorrido pedía un enfoque propio: unos días el foco estaba en la producción; otros, en los riesgos laborales. “Esa época la disfruté muchísimo, la disfruté porque además seguía en contacto con la ingeniería”. Allí descubrió lo que ella llama “el otro lado de la ingeniería”, el industrial, justo el contrapunto del de su marido, también ingeniero agrónomo, que ha trabajado siempre en almacenes de cítricos, muy pegado al campo.

Skills que se desbloquean una a una

Heineken detectó pronto la versatilidad de aquella ingeniera y fue ampliándole el terreno de juego. Pasó por sponsoring, eventos de imagen y relaciones institucionales; ayudó a montar dentro de la fábrica un showroom de hostelería donde la visita técnica daba paso a la conversación comercial, y durante unos meses sirvió de apoyo al director comercial tras una reestructuración interna. Comunicación, relaciones institucionales, visión comercial: cada encargo desbloqueaba una skill nueva sin borrar la anterior.

El gran salto llegó con el Veles e Vents. Cuando Heineken se hizo cargo del edificio del puerto de Valencia, que llevaba años cerrado, le pidieron que lo levantara desde cero: gestionar una UTE y un edificio de pública concurrencia, con su mantenimiento, su seguridad, su limpieza, sus proveedores y un pliego de condiciones que hubo que mantener y justificar año tras año. “No voy a negar que fue intenso. Pero fue bonito, porque obligó a poner en funcionamiento algo que había estado tantos años parado, darle vida y ahí ver otra versión de ingeniería completamente distinta”. En esa parte documental y legal, sostiene, “la visión ingenieril era muy importante”.

Aquella etapa coincidió, además, con el Executive MBA que cursó en EDEM. Apasionada desde siempre por la gestión y el mundo empresarial, estudiarlo mientras dirigía la UTE le permitió adquirir “esa visión estratégica y financiera de negocio” e ir poniéndola en práctica “en tiempo real”. Gestión integral de un edificio y mirada de negocio: dos skills más para el inventario.

Cuando Heineken dejó el Veles e Vents, regresó a la fábrica como técnica de calidad, en un departamento que hacía de nexo entre todas las áreas de la planta, de la producción al envasado. La siguiente skill, en pleno corazón de la industria. “Fueron unos años en Heineken que yo les tengo muchísimo cariño porque me han dado una visión y una experiencia impresionante”. Allí pudo ir tocando, desde distintos ángulos, “toda la parte multidisciplinar que nos dan en la carrera”.

Cuando la partida se detuvo

La etapa en calidad fue breve. Su hijo enfermó y la familia pasó a ocupar el centro de todo. Un trabajo tan intenso, con un horario fijo, dejó de ser compatible con lo que su casa necesitaba. En la empresa le dijeron que tenía las puertas abiertas. “Yo siempre digo que Heineken lo llevo en el corazón, no solo por todo lo que me ha aportado, sino por todo lo vivido allí. Pero hay momentos para todo”.

En casa siguió formándose “para seguir manteniendo ese contacto con la ingeniería”. Intentó volver al mercado laboral en una SAT, como apoyo al departamento técnico en la gestión documental, pero chocó con el mismo obstáculo: la rigidez del horario. “Vi que no era el momento y que la familia me pedía más tiempo”. Esa era la situación cuando llegó la DANA: una jugadora con un inventario de skills poco común, todas intactas, a la espera de una nueva pantalla. El resto de la historia ya se conoce.

La nueva partida

Hoy, la flexibilidad del trabajo por cuenta propia es la fórmula que permite a Begoña compaginar la ingeniería con los horarios cambiantes de su hijo, que ya está mucho mejor. Su primer encargo, con el visto bueno ya del cliente, es la gestión de una empresa agrícola. Y sigue sintiendo el colegio a su lado: cuando le surgieron dudas sobre cómo enfocar ese trabajo, la respuesta fue inmediata: “Cuando quieras hablamos”.

En este nuevo escenario descubre que las skills no solo se conservan: se combinan. “Sin darme cuenta, mi mente a veces va un poco más allá y veo desde la perspectiva de decir: en Heineken esto lo hacíamos así, o en el Veles”. Ahora elabora el plan de gestión integrada de plagas, y para hacerlo recurre a su experiencia anterior, o al libro de mantenimiento del Veles e Vents. “Parece que no hago nunca nada nuevo, siempre tengo una especie de inspiración, supongo que son los recuerdos de lo aprendido y vivido”.

Una empresa agrícola, un edificio de pública concurrencia y una fábrica de bebidas son mundos distintos, pero la lógica es la misma: analizar la situación, adoptar medidas previas que eviten tener que corregir después y, solo si no bastan, pasar a los tratamientos. “Esas fases son prácticamente las mismas”, explica, y lo remata con una imagen muy valenciana: “Las fallas pueden ser diferentes, pero por dentro todas tienen un armazón de madera”. Esa conexión le ha servido para reconciliarse con su propio recorrido. “Ha habido momentos que he pensado: es que me estoy dedicando cada vez a una cosa diferente. Pero ahora me doy cuenta de que está todo muy unido”. Lo atribuye a la carrera: “Tocamos tantas áreas diversas que al final lo que nos enseñan es a pensar, a buscar soluciones”.

Si le salen o no los números lo dirá el tiempo. Lo que tiene claro es otra cosa: “Sí que sé que me siento más viva”.

Ingeniería en la sobremesa

La nueva etapa tiene también un pie en la producción. Donat ha empezado a arrendar parcelas agrícolas que gestiona, unas en solitario y otras con socios, con la idea de contribuir a reactivar el sector. A ello se suman los huertos de la familia de su marido, con caquis, perales y cítricos, que ambos llevan desde que se casaron.

En una casa con dos ingenieros agrónomos, la profesión se cuela en cada conversación. “Intentas hablar de otras cosas, pero terminamos hablando de lo mismo. Pero lo disfrutamos”. Tienen dos hijos, y a menudo se preguntan si a alguno se le encenderá “la llamita de la ingeniería”. Ella cree que sí. Lo que sí sabe es de dónde nace esa llama: “Yo creo que la ingeniería, al final, cuando la vas viviendo, te apasiona”.