«La innovación en bioeconomía solo funciona cuando toda la cadena se implica desde el principio»
Cuando una empresa que fabrica bioplásticos, biolubricantes o bioherbicidas presenta su informe de sostenibilidad, la conversación suele quedarse en el packaging o en las cifras del ejercicio. Marco Pecchiari, responsable de ecología de producto y comunicación ambiental de Novamont, plantea otra lectura: la sostenibilidad no es una capa que se añade al final del proceso, sino una variable que condiciona, desde el origen, qué materia prima se elige, qué proceso se desarrolla y qué ocurre con el producto cuando termina su vida útil. Esa manera de razonar –partir del final para diseñar el principio– es, en el fondo, una forma de pensamiento sistémico que la ingeniería agronómica lleva décadas cultivando desde otro ángulo: el de los biosistemas que sostienen la producción de alimentos y materiales.
Novamont es partner de COIAL desde hace años y los reportajes que el colegio le ha dedicado hasta ahora han recorrido el desarrollo del Mater-Bi y la sustitución del petróleo por azúcar y aceite vegetal en la fabricación de plásticos. El nuevo informe de sostenibilidad de la compañía italiana sirve esta vez de punto de partida para entender cómo esos compromisos se traducen en decisiones técnicas concretas, en qué medida condicionan el proceso industrial y qué papel puede jugar la ingeniería agronómica en las cadenas de valor que conectan agricultura, industria y gestión de residuos.
Diseñar desde el final
Para Pecchiari, la primera decisión técnica de calado no está en la fórmula del material, sino en el momento en que ese material termina su ciclo. Novamont ha concentrado su innovación en soluciones de base biológica, biodegradables y compostables –bioplásticos, bioherbicidas, biolubricantes, ingredientes biodegradables para cosmética– pensadas para evitar la acumulación de contaminantes en el agua y el suelo. «Una decisión técnica clave ha sido diseñar los productos partiendo de su fin de vida previsto», resume. Eso significa desarrollar materiales que respondan a retos definidos dentro de sistemas de aplicación concretos: mejorar la recogida selectiva de residuos orgánicos, la gestión de la restauración colectiva o reducir la acumulación de microplásticos en los suelos agrícolas, «integrando el rendimiento ambiental, la trazabilidad y la eficiencia en el uso de los recursos ya desde la fase de diseño», sin renunciar a las prestaciones que exige cada aplicación.
Materia prima inestable
Trabajar con materias primas de origen biológico obliga a repensar el proceso industrial frente a un modelo basado en materias primas fósiles, mucho más homogéneas y estables. Novamont ha desarrollado tecnologías propias para reindustrializar instalaciones fuera de uso y convertirlas en biorrefinerías capaces de emplear materias vegetales, con la vista puesta en maximizar el uso eficiente de los recursos renovables y transformar residuos y subproductos en nuevas materias primas. El contexto geopolítico actual añade una lectura adicional: «ninguna materia prima puede considerarse hoy verdaderamente estable», advierte Pecchiari. Por eso la compañía trabaja «de forma continua en diversificar materias primas, desarrollar cultivos de bajo input y valorizar residuos y subproductos agroindustriales».
Del residuo agroindustrial al azúcar
Esa apuesta por diversificar la materia prima tiene, en los últimos años, un ejemplo muy concreto sobre la mesa. «Hemos acelerado el desarrollo de cultivos de bajos insumos y la implantación de nuevas tecnologías para transformar residuos y subproductos en nuevas materias primas y productos, reduciendo progresivamente nuestra dependencia de materias primas vírgenes», explica Pecchiari.
Una decisión técnica clave ha sido diseñar los productos partiendo de su fin de vida previsto
En particular, la compañía «ha seguido desarrollando tecnologías para valorizar residuos agroindustriales destinados a la producción de azúcares de segunda generación y bioproductos innovadores para aplicaciones de alto valor». Subproductos que en un modelo convencional se descartarían se convierten así en materia prima para nuevos bioproductos, sin competir por suelo agrícola ni por cultivos alimentarios. En paralelo, la compañía «avanza en iniciativas que combinan distintas tecnologías de reciclaje –compostaje, reciclaje mecánico y reciclaje químico– para maximizar la eficiencia de los recursos y reforzar aún más la circularidad» de sus cadenas de valor.
Del laboratorio a la biorrefinería
Esa capacidad de adaptar el proceso a una materia prima cambiante no se improvisa: se apoya en una red de investigación con nombre y dirección. La sede de Novara concentra el centro de investigación principal de Novamont, donde conviven especialidades como la ciencia de materiales, los bioplásticos, la agronomía, la biotecnología, la química orgánica y la ecología de producto. El centro de Piana di Monte Verna se dedica al desarrollo de biotecnologías industriales, mientras que el de Rivalta refuerza las capacidades en síntesis química, química analítica y ensayos a escala piloto. A esa red se suman plantas piloto y de demostración que tienden el puente entre el laboratorio y la producción industrial a gran escala, validando cada proceso en condiciones muy próximas a las de la operación comercial real antes de su despliegue.
Toda la cadena, desde el campo
La bioeconomía, recuerda Pecchiari, es un ecosistema transversal que reúne agricultura, industria, gestión de residuos, investigación, distribución e instituciones públicas, «lo que hace que la colaboración a lo largo de toda la cadena de valor» sea imprescindible, sobre todo cuando se desarrollan productos innovadores para mercados que todavía no existen. Novamont ha construido así una cadena de valor integrada que conecta la producción agrícola, la fabricación de bioproductos y la gestión del fin de vida, en estrecha cooperación con agricultores, centros de investigación, administraciones locales, operadores de residuos y distribuidores.
Ninguna materia prima puede considerarse hoy verdaderamente estable
El ejemplo que cita Pecchiari es el de las bolsas de compra de bioplástico compostable, diseñadas para reutilizarse en la recogida separada de residuos orgánicos: «esta solución se desarrolló junto con múltiples socios para demostrar su eficacia técnica y ambiental», explica, y «los primeros adoptantes desempeñaron un papel crucial a la hora de validar el modelo». Combinadas con amplios programas de formación y sensibilización, esas alianzas ayudaron a aumentar la participación ciudadana en la recogida de orgánico y contribuyeron a que Italia se convirtiera en uno de los países líderes de Europa en el reciclaje de este tipo de residuos. «La innovación en bioeconomía solo funciona cuando toda la cadena se implica desde el principio», resume. Es también, admite, una cuestión de prioridades: «hemos priorizado la calidad y la innovación responsable» frente a soluciones que compiten solo por precio, mirando el coste en términos del valor generado a lo largo de todo el ciclo de vida y no del precio de cada producto por separado.
Ingenieros capaces de conectar sistemas
Preguntado por el perfil técnico necesario para integrar procesos biológicos, industriales y de mercado, Pecchiari es directo: «hace falta un perfil multidisciplinar, con visión sistémica», capaz de conectar agronomía, química, biotecnología e ingeniería de procesos industriales y de traducir la innovación en cadenas de valor viables. Es una descripción que encaja con lo que en ingeniería agronómica se conoce como ingeniería de biosistemas: una forma de razonar sobre sistemas vivos –suelos, cultivos, procesos biológicos– que deben integrarse con procesos industriales y de mercado sin perder coherencia en ninguna de sus fases.
Nuestra misión ha estado centrada desde el principio en desarrollar una bioeconomía circular regenerativa
Esa lectura es, para Pecchiari, especialmente pertinente en los territorios agrícolas mediterráneos, ricos en biodiversidad pero expuestos a la fragmentación y al cambio climático: «la mayor oportunidad está en valorizar esos activos según las características de cada territorio, no en replicar modelos estandarizados». Pone como ejemplo el compost de calidad, capaz de restaurar la materia orgánica del suelo, mejorar la retención de agua y contribuir a frenar la degradación y la desertificación.
Más allá del informe
Lo que distingue a las empresas que integran de verdad la sostenibilidad en su modelo productivo de las que se quedan en el reporting, sostiene Pecchiari, es que la primera la convierte en «criterio de diseño» que condiciona la elección de materias primas, procesos y soluciones de fin de vida, mientras que el informe pasa a ser solo la forma de medir y comunicar esos impactos.
La mayor oportunidad está en valorizar esos activos según las características de cada territorio, no en replicar modelos estandarizados
Novamont publica su informe de sostenibilidad desde 2008 –desde 2025 integra también la información de impacto– y utiliza el Análisis de Ciclo de Vida desde 1998 para «localizar con precisión dónde se concentran los impactos ambientales», ya sea en el origen, en la operación o en el destino final del producto. «Nuestra misión ha estado centrada desde el principio en desarrollar una bioeconomía circular regenerativa», resume Pecchiari.
Las mayores dificultades para que una solución técnicamente viable llegue al mercado, señala, «aparecen cuando este no reconoce el valor de la calidad y la sostenibilidad o cuando la regulación avanza más despacio que la innovación». Por eso insiste en que trabajar con instituciones y el resto de agentes de la cadena «no es una actividad accesoria, sino una capacidad industrial central».